Legado Pasqual Maragall

Ricard Pérez Casado, ciutat, democràcia i vocació europea



Avui ens ha deixat Ricard Pérez Casado, exalcalde de València, als 80 anys.
Va governar la ciutat entre 1979 i 1989, en un moment decisiu de canvi, amb la mirada posada en una València més oberta, habitable i pensada per a les persones. Projectes com el jardí del Túria, Metrovalència o el Palau de la Música formen part d’aquell llegat de transformació que avui encara defineix la ciutat.

Compromès amb l’esquerra i el progressisme des de ben jove, va ser una persona profundament vinculada a la defensa de la democràcia i a la lluita contra el feixisme. Més endavant, aquest compromís el va portar també a l’àmbit europeu i mediterrani, des de la cooperació internacional i el diàleg entre ciutats i pobles, assumint responsabilitats a la Unió Europea i a l’Institut Europeu de la Mediterrània.

Al llarg del seu recorregut va compartir amb Pasqual Maragall una manera d’entendre la política municipal com una eina de transformació social i de projecció col·lectiva, basada en els valors democràtics, la cultura i la mirada europea. 

Des de la Fundació Catalunya Europa lamentem la seva pèrdua i volem expressar el nostre escalf i afecte a la seva família, amistats i a totes les persones que el van estimar i acompanyar.


Publiquem la glossa que Joan Romero li dedica a Ricard Pérez Casado:

  • Pérez Casado, el mejor alcalde que ha tenido hasta ahora la València democrática, forma parte de aquella generación de alcaldes que hicieron de las ciudades el fundamento del nuevo Estado democrático

Conmovido por la pérdida de Ricard Pérez Casado, vuelvo la vista atrás para tratar de recordarle. Y me encuentro con un texto que me pidió para prologar un libro que tituló Viaje de ida, publicado hace una década. Ahora que se nos ha ido, que ha emprendido un nuevo viaje, quisiera recuperar algunas de las cosas que quise decirle entonces. Ricard formaba parte de esa reducida nómina de buenos hijos de la tierra a los que aludía el maestro Sanchis Guarner. “La terra té també bons fills que escolten la seua veu, que estudien amorosament les seues essències i els seus problemes, que cultiven la seua indiosincràsia i es mantenen fidels al seu esperit”.

Pareciera que la frase de Sanchis estuviera escrita pensando en él. Un valenciano honestamente comprometido con su país (el país de los valencianos), un europeísta convencido, culto, independiente, con criterio propio, muy preocupado por el nuevo avance de los nacionalismos y firme defensor de la Europa de las regiones y de las ciudades. Siempre tuvo bien orientada la brújula moral: la sociedad de los valores de la Ilustración, la Declaración Universal de derechos Humanos, la educación y la cultura como pilares fundamentales de cualquier sociedad decente, la reivindicación de la política, la ciudad como espacio de convivencia y la necesidad de avanzar en la construcción de un modelo de Estado en clave federal en el que el País Valenciano pudiera contar con un reconocimiento y acomodo dignos en la España de las nacionalidades y regiones.

No por casualidad relaciono la figura de Ricard con otro de los grandes de la historia reciente de las Españas: Pasqual Maragall. Porque ambos, desde la independencia de criterio asentada en firmes convicciones, han tenido biografías en cierto modo paralelas. Compartían visiones brillantes y muy cercanas sobre el papel y el futuro de las ciudades, y de las áreas metropolitanas, una visión “girondina” del modelo de Estado, la importancia geoestratégica del Mediterráneo y la defensa de Europa en un mundo en cambio. Fueron avanzados a su tiempo. Por esa razón, como a veces suele ocurrir, sufrieron la incomprensión y la resistencia a algunas de sus propuestas más innovadoras y de futuro. No solo, pero muy especialmente entre sus propios compañeros de partido.

Quienes le conocimos, sabemos que nunca supo disimular. Siempre mantuvo una cierta actitud “disidente” en el sentido que lo explicaba John Stuart Mill en su libro clásico sobre la libertad. Siempre supo conciliar el “compromiso” de pertenecer a un grupo o a un colectivo con su libertad de pensamiento. Siempre atribuyó un gran valor a la independencia de criterio, consciente de los peajes que ello acarreaba. “El precio de la libertad es siempre oneroso”, dejó escrito. Y en estos tiempos tan “uniformados”, donde los “argumentarios” de los partidos y gabinetes de comunicación son la norma, donde cada día se excavan trincheras, se añora más que nunca aquella bendita “disidencia”, aquella capacidad de atreverse a pensar por uno mismo en el sentido más kantiano: Sapere Aude.

Siempre fue plenamente consciente de la gran importancia de las ideas, porque sabía que las ideas son las que mueven el mundo. Consciente de la importancia de la política, de la calidad y del futuro de la democracia, siempre defendió que la calidad de las instituciones y el buen gobierno son la base de cualquier democracia plena. “Diálogo”, “acuerdo”, “pacto” y “respeto” eran términos que reiteraba a menudo. De ahí la importancia que otorgaba a la deliberación y a la conversación cívica y política. Me citaba a Hirschman y sus Retóricas de la intransigencia. Fue un demócrata que nunca se deslizó por la pendiente frívola de deslegitimar las instituciones, los partidos o la propia democracia (o incluso la propia Transición). Porque sabía que esa actitud debilita la democracia, nos hace más débiles como comunidad política y contribuye a fortalecer expresiones de extrema derecha. Fue un demócrata que criticaba los atavismos y falsos radicalismos.

Supo conciliar el compromiso público con el estudio. Hasta defendió su tesis doctoral, sobre la ciudad por supuesto. En esto recuerda mucho a Ernest Lluch, otro de los grandes. Se implicó durante la dictadura, cuando hacerlo entrañaba riesgos, y más tarde cuando tuvo el privilegio de ser alcalde de su ciudad, cuando la ciudad se empezaba a construir como espacio democrático y era urgente reparar décadas de desidia y abandono. Fue alcalde en los tiempos del urbanismo de emergencia, para unas ciudades sin apenas administración ni recursos, para una ciudad improvisada, devastada, desordenada, desigual y sin equipar. Pero eso no le impidió imaginar y proyectar la València del futuro. También fue alcalde en tiempos en los que la incultura, la sinrazón y la violencia ya demostraron hasta dónde eran capaces de llegar.

Siempre tuvo y defendió una idea de ciudad y una idea de país. Porque sabía del papel vertebrador de las ciudades. Era consciente del papel indelegable de liderazgo de la ciudad de Valencia. “El País sería si la ciudad lo era”, dejó escrito. Pero siempre sin dejar de mirar más allá, desde la periferia de las Españas. Sin dejar de intentar situar la realidad del País Valenciano en el contexto de su propia red de ciudades, como pieza esencial del corredor mediterráneo, como región económica importante dentro de la vieja periferia europea y en el marco de una Europa de las regiones. Siempre tuvo una clara visión estratégica, casi nunca entendida. Hay que “fijar la atención en lo medular” sostenía. Como también la necesidad de superar el “cantonalismo ciudadano” y la necesidad ineludible del ocuparse de la “ciudad real” que imponía el hecho metropolitano frente a aquellos que han evidenciado un “miedo a la ciudad” bloqueando o impidiendo el progreso de formas de gobierno metropolitano. “…el precio de asentar un poder autonómico que despreció siempre, una y otra vez, el país, la ciudad y su área metropolitana”, dejó escrito. Y ahí seguimos, siendo la anomalía europea.

Si este fuera un país normal, en vez de silenciarlo habría ocupado el lugar preferente que la historia reciente debe reservar a alcaldes especiales de grandes ciudades que no fueron solo gestores sino actores políticos con visión estratégica. Como los primeros alcaldes democráticos de Bilbao, Vitoria, San Sebastián o Barcelona. Porque Ricard Pérez Casado, el mejor alcalde que ha tenido hasta ahora la València democrática, forma parte de aquella generación de alcaldes que hicieron de las ciudades el fundamento del nuevo Estado democrático y sentaron las bases de la ciudad que nos han legado como herencia y que todavía disfrutamos.

Representaba para mí una versión muy honesta de valencianismo político y cívico, consciente de la necesidad de tender puentes y buscar equilibrios y alianzas. Así le recordaré y de ahí mi referencia inicial al maestro Sanchis, cuando aludía a los buenos hijos de esta tierra.

Gràcies Ricard.


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